El reloj marcaba las siete de la tarde, recordándome con su sonido
que llevo una hora más esperando a que se mueva la boya. Mi caña, con
apariencia hostil, me susurra su deseo de recoger el anzuelo, como el
que elimina la esperanza para no herirse. Por momentos parece aliarse
con madre naturaleza cuando el frío
traicionero empieza a burlarse de la ropa, atravesando sus delicados
tejidos, y la sal de la mar se filtra por los lugares más molestos del
complejo cuerpo humano. Las nubes son amables al ofrecer blaco atavío al
sol. El viento egoísta, por soplar para que todo aquél que le sea un
reto mantenerse en equilibrio se ponga a prueba con los más altos
niveles de dificultad. La lluvia llega dando otra oportunidad, limpiando
todo aquello que el polvo ha cubierto con sus monótonas manías de
hacerlo todo viejo, dando esperanza a los que no crean en nuevos
amaneceres. Me voy. Recojo mi caña y ceso por una vez más, pues no me
gratifica un pez agitado por la marea rebelde, que parece querer luchar
conmigo. No me gratifica darle la oportunidad de hacerme sentir mal, al
darme cuenta de que no hay peces que pescar, sino causas absurdas por
las que luchar. Cuando no sea absurda la causa no recogeré la caña, es
más, no tirare la caña, porque seré yo mismo el que me tire a la mar
para nadar contra la corriente y alcanzar mi objetivo, demostrando que
no le tengo miedo, que voy a nadar hasta que las olas se sientan
ridículas a mi lado. Voy a tocar a mi pez, y susurrarle
al oido que no hay causa más hermosa que desafiar lo natural para
alcanzar y mimar lo que con tanta veneración he admirado. Élla. No se
trata de un pez, sino de una princesa. No se trata de una caña, sino de
un corazón que se encarga de esperar con anhelo a que un pez poco común
alimente sus latidos y dé hermosos motivos para nadar contra la
corriente.
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