jueves, 10 de septiembre de 2009

Contra corriente

El reloj marcaba las siete de la tarde, recordándome con su sonido que llevo una hora más esperando a que se mueva la boya. Mi caña, con apariencia hostil, me susurra su deseo de recoger el anzuelo, como el que elimina la esperanza para no herirse. Por momentos parece aliarse con madre naturaleza cuando el frío traicionero empieza a burlarse de la ropa, atravesando sus delicados tejidos, y la sal de la mar se filtra por los lugares más molestos del complejo cuerpo humano. Las nubes son amables al ofrecer blaco atavío al sol. El viento egoísta, por soplar para que todo aquél que le sea un reto mantenerse en equilibrio se ponga a prueba con los más altos niveles de dificultad. La lluvia llega dando otra oportunidad, limpiando todo aquello que el polvo ha cubierto con sus monótonas manías de hacerlo todo viejo, dando esperanza a los que no crean en nuevos amaneceres. Me voy. Recojo mi caña y ceso por una vez más, pues no me gratifica un pez agitado por la marea rebelde, que parece querer luchar conmigo. No me gratifica darle la oportunidad de hacerme sentir mal, al darme cuenta de que no hay peces que pescar, sino causas absurdas por las que luchar. Cuando no sea absurda la causa  no recogeré la caña, es más, no tirare la caña, porque seré yo mismo el que me tire a la mar para nadar contra la corriente y alcanzar mi objetivo, demostrando que no le tengo miedo, que voy a nadar hasta que las olas se sientan ridículas a mi lado. Voy a tocar a mi pez, y susurrarle al oido que no hay causa más hermosa que desafiar lo natural para alcanzar y mimar lo que con tanta veneración he admirado. Élla. No se trata de un pez, sino de una princesa. No se trata de una caña, sino de un corazón que se encarga de esperar con anhelo a que un pez poco común alimente sus latidos y dé hermosos motivos para nadar contra la corriente.

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