Amanecía como cualquier otra mañana de invierno. Frío en cada rincón de mis más dulces anhelos. Me levante, sustituí el marchito calor que se durmió como un vago recuerdo, arropándome con una sabana de seda blanca que imitaba la suave piel de una diosa en gozo máximo de juventud. Y mientras me dirigía a la ducha, antes cascada de agua cristalina, que no de sirena, sino de ninfa venia acompañada, pude notar el susurro de la soledad, que estremesía mis tímpanos con golpes humedecidos por las lágrimas. Desdicha soledad, que como el despertador de mi mesita de noche, se hacían notar todas las mañanas sin demoras ni malestar. Entonces tropecé, y no con el zapato de cristal de una princesa que había convertido en castillo el lugar donde Cupido pinto su diana, y al que yo llamo cama, sino con un cacharro de comida para mi gato. Con mucho esfuerzo intenté verter en él, el cariño que me sobraba. En el suelo, observando el techo que parecía cobrar vida debido a los efectos que el alcohol dejó en mi cuerpo la noche anterior. Noche que, como tantas otras, no puede conciliar el sueño, ya que dios niño quiso castigarme por mi absurda temeridad. Fue en suelo donde comprendí que no era más que un esclavo de mis recuerdos que encadenaban toda esperanza de un mañana soleado, llenando de lluvia y nubes esos amaneceres de invierno, en los que mis ojos se convertían en nubes y mis lágrimas en lluvia. Me levanté, me armé de valor, y con la sabana de seda en mis pies decidí luchar contra esa fragancia que mi olfato aún no ha olvidado. Una lucha con armas forjadas en los talleres de la razón, las únicas que por lo pronto me podrían servir, pues los talleres del amor no son accesibles, ya que mi corazón aún está conquistado por un enemigo a derrotar. Y entonces, con el frio deslizándose por mi entristecida piel, me llegaron al recuerdo las palabras de un sabio que en una taberna de pueblo varias veces me encontré: "cuando realmente amas algo debes dejarlo marchar".
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