El camino oscuro que cada mañana se
interpone entre su hogar y su trabajo es sólo un síntoma más de la enfermiza
vida que lo atormenta. Batís, un veinteañero rudo y arcaico, era el menor de
tres hermanos que convivían en una enorme casa de madera, muy alejada de la
ciudad, hecha por Babío, el progenitor y cabeza de familia. La vida era cómoda,
monótona y muy rustica. Un mundo agrícola con una mezcla de olor a fruta fresca
y polvo en suspensión. Años atrás, desde los antecedentes más remotos que el
boca a boca mantuvo vivo, la situación no había sido preocupantemente caótica,
pero un hecho marcaria la vida de aquella familia. Grandes barcos habían
llegado a esas tierras calurosas. Fascinados y con gratitud, exploraron el
entorno como si hubiesen descubierto el mismísimo cielo. Eran sorprendentes
aquellas enormes casas flotantes de madera, verdaderos dinosaurios acuáticos
creados por el hombre.
Como era costumbre, domingos se reunían
para comer en colectividad, un encuentro al que cada semana fueron asistiendo
menos lugareños. Las ascuas disminuían, al mismo ritmo que la cantidad de
comida, el sonido incesante de las conversaciones se fue apagando, y ahora se
podía oír la naturaleza en su conjunto, un autentico elixir de sonidos que
reflejaba la ausencia humana. Esa mañana, cuando el sol demostraba su fuerza
imperante, las redes cayeron dando caza a los que serían las máquinas del nuevo
mundo, capturados como conejos a la espera de su fin, como una especie inferior
y débil que ahora debe huir. Los ojos se teñían de gris ceniza al ver como el
fuego demostraba su poderío, alimentándose de lo que sólo volverían a recordar
en silencio, por miedo al castigo. La rustica casa que Babío tan
sacrificadamente había construido era ahora una mancha voluminosa en el suelo,
que años más tarde se allanó para crear una carretera. Batís, Grenuí y Yerit
obtuvieron un pasaje directo a la esclavitud. Una dolorosa situación que no vería
su fin hasta el día de sus entierros. Babío y su mujer Juli desaparecieron
cuando aquellos enormes conjuntos de madera flotante fueron siendo testigos de
la curvatura del planeta. Junto con la felicidad fueron desapareciendo ante los
rostros enrejados de aquellos que un día nacieron de su amor.
Sus vidas no han sido dignas de
contar. Lo cierto es que ni han tenido la dignidad de la vida, hasta la esperanza
estaba podrida y carcomida. Eran unos cuantos desgraciados esperando el momento
de la muerte. Sus hijos correrían la misma suerte y, a su vez, los hijos de
estos también pasarían por lo mismo. Unos embarazos de conveniencia más
similares a las granjas que a los hogares, pero que funcionaban generación tras
generación.
Era tormentoso pensar que no había
nada en la vida por lo que sonreír, por eso inhibieron la capacidad de pensar,
pero más tormentoso era levantarse cada mañana con el miedo de que a la noche
un tortuoso castigo les impidiese conciliar el sueño.
Quizá fueron veinte generaciones más
tarde, en realidad nadie se ha molestado en contarlas, cuando Salam disfrutó de
la libertad, una libertad limitada por lo que un día fueron sus padres,
controlada y juzgada por su cepa. Aunque este cuarentón ancho y sudoroso podía
presumir de no ser un esclavo más, no era más que el producto del egoísmo y la
compasión del mundo. El error malamente corregido, la publicidad política de un
país que habla en nombre del humanismo con la voz chirriante de un dominio. Los
ojos de Salam nunca ha podido sentir la dulce brisa de las aguas de su tierra,
ni toser por el irritante polvo que el viento transporta desde el norte. Salam forma parte de una nueva generación de
esclavos, donde el castigo no es con látigos, sino con hambre, y donde su dueño
no es humano, sino el dinero.
Cada mañana se despierta por el
asfixiante calor que desprenden las vías del metro al rozar con las ruedas de
hierro de la máquina, es el aviso de que tiene que salir a trabajar. El sol aún
está lejos, camina a oscuras la distancia entre su hogar y su trabajo. Si la
empresa para la que trabaja abriese más tarde le faltarían horas para crear
beneficios. A pesar de ello, cuando Salam llega a su casa, el sol hace tiempo
que ya ha partido hacia otro lugar.